
– ¿Comer? -preguntó él-. Seguro que comes.
– Nunca tengo tiempo -lo despidió agitando la mano y se alejó por la acera sin volverse.
Will se quedó al lado del coche, sorprendido de lo deprisa que había terminado todo. Se quedó mirándola hasta que dobló una esquina.
– Genial -murmuró para sí-. Si no puedo conseguir que venga a tomar un café, ¿cómo voy a conseguir que salga conmigo?
Lanzó una maldición, pero recordó el contrato y se dijo que sólo era cuestión de volver a intentarlo. Y si Jane Singleton seguía resistiéndose a sus encantos y rechazando sus invitaciones, no le quedaría otro remedio que usar el único arma de que disponía: la ley.
– Quizá podamos pedir un aplazamiento del alquiler.
Jane Singleton se llevó las manos a las sienes y miró el programa que aparecía en la pantalla del ordenador, sabedora de que la sugerencia no supondría ninguna diferencia. Las columnas de números pasaban borrosas ante sus ojos y volvió a sorprenderse soñando despierta con su encuentro de la semana anterior con Will.
Estaba igual de guapo e interesante, pero diferente, más sofisticado y mundano. Cuando lo vio parado al lado de su coche, su pulso se aceleró y no supo qué decir.
Abrumada y exasperada por su reacción, escapó lo más deprisa que pudo. Ahora era una mujer y no la chica feúcha que estaba loca por él.
Pero Will no se lo ponía fácil. La había llamado tres veces desde su encuentro y ella había puesto una excusa tras otra. Se sentía tentada, pero sabía que no podía confiar en sí misma cuando estaba con él, que podía hacer que se enamorara de nuevo sólo con una sonrisa.
– Jane.
Levantó la cabeza y puso las manos en la mesa.
– ¿Qué? Estoy escuchando. Las cifras no encajan, ya lo veo. No ganamos lo suficiente para mantener la oficina.
Lisa Harper movió la cabeza.
– De acuerdo, ¿qué te pasa? Llevas toda la mañana distraída. Se que tienes muchas presiones aquí, pero siempre te concentras más. Dime qué te ocurre.
