Lisa era amiga suya desde la universidad y socia suya de negocios, pero ya había tenido que oír hablar bastante de Will para que Jane volviera a incluirlo ahora en sus conversaciones.

– No es nada -murmuró.

– Dímelo.

– No te gustará -le advirtió Jane.

– Eres mi mejor amiga, se supone que tienes que contármelo todo. Es parte del trato. Hablamos de cosas muy personales.

– Si te lo digo, me tienes que prometer que no le vas a dar muchas vueltas ni intentar analizarlo una y otra vez.

– Prometido.

– La semana pasada vi a Will McCaffrey.

Lisa la miró con incredulidad.

– ¡Oh, no! ¡Otra vez no! Hace casi dos años que no mencionabas su nombre. No puedes volver a hablar de él. Ese hombre te ha estropeado para todos los demás.

– ¿Por qué?

– Porque en los seis últimos años no has conocido a ninguno al que no hayas comparado con él. Cualquiera diría que era una especie de dios, y sólo es un imbécil que no supo valorarte cuando te tenía cerca.

– Estaba en la acera de enfrente, salía de su coche y me lo encontré así de repente.

Lisa se tapó los oídos con las manos.

– No pienso escucharte. No te oigo.

Jane le quitó las manos de las orejas.

– De acuerdo, no hablaré más de él, volvamos al trabajo -respiró hondo. Estamos en noviembre. Aunque consigamos diez contratos nuevos para la primavera, no nos pagarán antes de abril. Cuando decidimos poner este negocio aquí, conocíamos los riesgos. Sabíamos que los jardines no crecen en invierno.

– ¿Y qué te dijo? -preguntó Lisa.

– Creo que la única alternativa es diversificarse. Haremos decoraciones navideñas. Colocaremos luces exteriores y adornaremos árboles. Podemos llamar a la competencia a ver si les sobra trabajo, tal vez nos subcontraten.

– ¿Sigue siendo tan guapo? -Lisa se giró en la silla-. Antes estaba como un tren y lo sabía. Supongo que es mucho esperar que haya engordado treinta kilos y se le haya llenado la cara de granos.



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