
Una llamada a la puerta la sorprendió. Fue a abrir y se encontró con Lisa Harper, su mejor amiga, que llevaba una bolsa de ropa en la mano.
– Tienes que ayudarme -dijo-. No me decido entre el negro y el rojo. Creo que el rojo me hace un trasero tan grande como Montana y el negro enseña demasiado escote. Y necesito un abrigo decente. Una chaqueta quedaría fatal -miró a su alrededor-. ¿Esperas compañía?
Jane forzó una risita.
– No, espero una velada tranquila a solas con mis plantas, Audrey Hepburn y George Peppard.
Lisa soltó un gemido.
– ¡Oh, no! ¡Desayuno con diamantes otra vez no! ¿Cuántas veces puedes ver esa película?
– Incontables -repuso Jane-. Es la película más romántica del mundo.
– ¿Por qué no sales con Roy y conmigo? Comeremos bien, beberás demasiado champán y te sentirás una mujer nueva.
– Esta es vuestra tercera cita y no creo que a Roy le haga mucha gracia que vaya yo -Jane abrió la bolsa de ropa y examinó los dos vestidos-. Ponte el rojo y no te preocupes del trasero. Te presto mi abrigo de cachemira negro y elige un collar de mi joyero.
Lisa le dio un abrazo.
– Eres una joya.
Entró en el dormitorio y Jane volvió al sofá. Su amiga no parecía tener problemas para conseguir citas y había intentando ayudarla varias veces, pero Jane opinaba que las citas a ciegas eran para chicas desesperadas y hambrientas de amor que no podían conseguir un hombre por sí mismas… y ella no pensaba admitir la derrota tan pronto.
– Está bien -Lisa volvió corriendo del dormitorio-. ¿Seguro que no quieres venir? El compañero de cuarto de Roy no hace nada esta noche, podemos salir los cuatro. Es muy simpático.
