Jane se sentó a su lado.

– Sí -repuso, aunque no le sorprendía que tuviera que preguntarlo. Cuando la miraba, veía a la chica tímida que vivía en el apartamento encima del suyo, la chica que tenía muchas plantas, el sofá lleno de cojines bordados y una colección de películas antiguas.

Pero ella sí se había fijado en él… en la luz de sus ojos cuando algo lo divertía, en sus hoyuelos cuando sonreía y en la belleza de sus manos. Will McCaffrey había sido el protagonista de sueños románticos incontables y detallados, sueños que incluían esas manos hermosas sobre su cuerpo desnudo.

– ¿Qué ha pasado? ¿Te has peleado con Amy?

– He ido a buscarla para cenar y me he encontrado con una nota pegada en su puerta. Ha conocido a un futbolista y tenía miedo de decírmelo y estropearme el día de San Valentín. ¿Te imaginas? Ayer estábamos juntos y hoy hemos terminado.

– Lo siento -mintió Jane.

– No tanto como yo -él frunció el ceño-. Creo que es la primera vez que me dejan tirado -estiró lo brazos por el respaldo del sofá y rozó la nuca de ella al hacerlo. Y no sabía lo que se sentía.

Jane acercó las rosas a la nariz, cerró los ojos e inhaló profundamente para ocultar una sonrisa de satisfacción. Había conocido a Amy y le parecía egoísta y demasiado obsesionada con su figura.

– Seguramente estás mejor sin ella.

– Eso seguro.

Jane miró su perfil, la mandíbula cincelada, la boca sensual y la nariz recta. Tenía los ojos cerrados y por un momento creyó que se había dormido, pero poco después se movió.

– Tu chica ideal está en alguna parte, Will. Sólo tienes que encontrarla. Puede estar más cerca de lo que crees.

– Amy era ideal.

– No es cierto. Porque no te quería tanto como yo… -Jane tragó saliva-. Como yo creo que merece que te quieran.

Will abrió los ojos y la miró.

– Eres un encanto. Siempre sabes lo que tienes que decir para que me sienta mejor.



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