
Lo dijo como si se le acabara de ocurrir, y ella se ruborizó y bajó la vista a las flores.
– Es verdad -insistió él. Jugó con un mechón de pelo que le rozaba la mejilla-. Eres la chica más tierna que he conocido en mi vida.
Le dio un abrazo fuerte, alimentado más por el whisky que por la pasión, y el primer impulso de ella fue apartarse, pero se dio cuenta de que ésa podía ser la oportunidad que esperaba y le pasó los brazos por la cintura.
Cuando él se apartó, miró sus rasgos como en una caricia silenciosa y Jane contuvo el aliento y pidió en su interior que la besara. El corazón le latía con tanta fuerza, que estaba segura de que él podía oírlo.
Will sonrió y pasó el pulgar por el labio inferior de ella, con la mirada clavada en su boca. Pero algo cambió de repente en él.
– Nunca encontraré a nadie -dijo. Dejó caer las manos, se recostó en el sofá y tomó un trago de whisky-. Tengo veinticuatro años, mi padre espera cosas de mí, espera que termine Derecho este curso y que entre a trabajar en el negocio familiar. Tengo muchas ideas para la empresa y algún día quiero dirigirla yo -respiró hondo-. Y él espera que busque esposa y forme una familia.
– ¿Hoy? -preguntó Jane.
– No, pero pronto.
– Tienes mucho tiempo.
Will negó con la cabeza.
– He salido con muchas chicas, Jane. Y al principio siempre parece que he encontrado a mi media naranja, pero luego sucede algo y me doy cuenta de que no es lo que busco -terminó la botella de whisky y la dejó en la mesita de café-. ¿Sabes? Amy tiene unos pies horribles y, cuando se ríe, parece que tenga hipo.
– ¿Quieres beber algo más?
Will la miró y sonrió.
– Eres un encanto -levantó una mano y le acarició la mejilla-. ¿No te lo he dicho nunca?
– Sí.
– Pues es verdad. Siempre puedo contar contigo. Sé que me aprecias.
– Eres mi amigo -murmuró ella.
