
Querido Tommy: ¡Imagina tus pobres restos acarreados por las calles de Corfú cuatro veces al año! Por Dios, te hace pensar en la sabiduría de dedicar tu vida a la santidad, ¿verdad? Te agradará saber que he rendido tributo a mi desarrollo intelectual con un peregrinaje al templo de Júpiter en Casíope. Me atrevería a decir que apruebas una empresa tan digna de Chaucer.
H.
Barbara sabía que la postal era la décima que lady Helen Clyde enviaba a Lynley en los dos últimos meses. Todas las anteriores eran iguales: un comentario cordial y divertido sobre algún aspecto de la vida en Grecia, puntuando los desplazamientos de lady Helen por el país en lo que parecía un viaje interminable iniciado en enero, pocos días después de que Lynley le pidiera que se casara con él. La respuesta de la joven había sido un no definitivo, y las postales, que no enviaba a la casa de Lynley en Eaton Terrace, sino a Scotland Yard, subrayaban su determinación de permanecer insensible a las demandas de su corazón.
Que Lynley pensaba cada día, si no cada hora, en Helen Clyde, que la deseaba, que la quería con una firmísima intensidad, eran los hechos agazapados tras la infinita capacidad del inspector para aceptar nuevas misiones sin rechistar. Cualquier cosa con tal de tener bajo control a los aullantes sabuesos de la soledad, pensó Barbara. Cualquier cosa con tal de impedir que el dolor de vivir sin Helen creciera como un tumor en su interior.
Barbara dejó la postal en su sitio, retrocedió unos pasos e introdujo expertamente su parte del informe en la bandeja. El consiguiente movimiento de aire removió los papeles del escritorio y los arrojó al suelo, despertando a Lynley. Se agitó, hizo una mueca al ver que le habían descubierto durmiendo, se frotó la nuca y se quitó las gafas.
