Estaba donde le había dejado poco después de mediodía, solo en su despacho, la cabeza rubia apoyada en una mano y concentrado en su parte del informe, esparcido sobre el escritorio. El sol de aquel domingo por la tarde arrojaba largas sombras sobre las paredes y el suelo, y resultaba casi imposible descifrar el texto mecanografiado sin ayuda de luz artificial. Como las gafas para leer de Lynley se habían deslizado hacia el extremo de su nariz, Barbara entró sin hacer ruido, convencida de que el inspector se había dormido.

Lo cual no la habría sorprendido. Lynley había trabajado como un poseso durante los últimos dos meses. Su presencia en el Yard había sido tan incesante (requiriendo a menudo la reacia presencia de la sargento), que los otros detectives de la división ya le habían bautizado como Mr. Ubicuo.

– Vete a casa, chaval -rugía el inspector MacPherson cuando le veía en un pasillo, en una reunión o en el comedor de oficiales-. Nos estás desacreditando a los demás. ¿Aspiras a un puesto superior? No podrás dormirte en los laureles de un ascenso si la palmas de un infarto.

Lynley reía con su habitual afabilidad y esquivaba la razón oculta tras los sesenta días de labor febril. No obstante, Barbara sabía por qué se quedaba en el trabajo hasta muy entrada la noche, por qué se presentaba voluntario a las guardias, por qué sustituía a otros oficiales en cuanto se lo pedían. La postal que descansaba en este momento junto al borde del escritorio lo explicaba todo. La cogió.

Databa de cinco días atrás, provenía del mar Jónico y el largo viaje a través de Europa la había arrugado considerablemente. Representaba una curiosa procesión de portadores de incienso, oficiantes que empuñaban cetros y sacerdotes de la iglesia ortodoxa griega, barbudos y ataviados con hábitos dorados, que cargaban a hombros una silla de manos incrustada de joyas y protegida con cristales por los lados.



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