
Barbara se dejó caer en la silla contigua al escritorio, suspiró y se manoseó el corto cabello con inconsciente energía, consiguiendo enderezarlo como las púas de un cepillo.
– Oh, sí -dijo-. ¿Escuchas las macizas campanadas de Escocia llamándote, muchacho? Dime que sí.
Lynley reprimió un bostezo y contestó:
– ¿Escocia, Havers? ¿Qué demonios…?
– Sí, aquellas diminutas y macizas campanas, que te llaman de regreso al país de la malta. Aquellos benditos y ahumados tragos de fuego líquido…
Lynley irguió su larguirucho cuerpo y se puso a ordenar los papeles.
– Ah, Escocia. ¿Debo imaginar, sargento, que este viaje sentimental al país de sir Walter Scott es una indicación de que todavía no ha bebido su ración semanal de alcohol?
Ella sonrió y dejó de lado a Robert Burns.
– Vámonos al King's Arms, inspector. Dos de MacCallan y cantaremos a dúo Corning Through the Rye. No querrá perdérselo. Tengo una voz de mezzosoprano que arrancará lágrimas de sus adorables ojos pardos.
Lynley se limpió las gafas, las ajustó sobre la nariz y comenzó a examinar el trabajo de Havers.
– Su invitación me halaga, no piense lo contrario. La oportunidad de oírla gorjear me conmueve el corazón, pero hoy tenemos entre nosotros a alguien cuya cartera no ha vaciado con tanta regularidad como la mía. ¿Por dónde anda el agente Nkata? No le he visto aquí esta tarde.
– Está de servicio.
– Qué pena. Me temo que no está de suerte. Prometí a Webberly que le entregaría este informe mañana por la mañana.
Barbara sintió una punzada de exasperación. Había rechazado su invitación con más habilidad de la empleada por ella para formularla. Pero le quedaban más armas, de modo que utilizó la primera.
