
– Se lo prometió a Webberly para mañana por la mañana, pero usted y yo sabemos que no lo necesita hasta la semana que viene. Déjese de historias, señor. ¿No cree que ya es hora de volver al país de los vivos?
– Havers…
Lynley no alteró su postura. Ni siquiera levantó la vista de los papeles. Su tono contenía una advertencia implícita. Era una delimitación de fronteras, una declaración de superioridad en la cadena de mando. Barbara había trabajado con él durante el tiempo suficiente para saber qué quería decir cuando pronunciaba su apellido con estudiada neutralidad. Estaba penetrando en zona prohibida. Su presencia era indeseada y no sería admitida sin lucha.
Bien, pensó con resignación. Sin embargo, no pudo reprimir una última incursión en las regiones protegidas de su vida privada.
Señaló la postal con un movimiento de la cabeza.
– Nuestra Helen no le está dando muchas esperanzas, ¿verdad?
Lynley levantó la cabeza y dejó caer el informe, pero el agudo timbre del teléfono impidió que replicara. Lynley descolgó el auricular y oyó la voz de una recepcionista del Yard, que trabajaba en el hostil vestíbulo de mármol gris y negro.
– Un visitante aquí abajo -anunció la voz adenoidal sin más preliminares-. Un tipo llamado John Corntel pregunta por el inspector Asherton. Es usted, supongo. No sé por qué alguna gente es incapaz de recordar un nombre… incluso cuando al tío en cuestión le da por ensartar nombres como si fuera de sangre real y espera que en recepción los sepan todos y los reconozcan.
Lynley interrumpió el rosario de quejas.
– ¿Corntel? La sargento Havers bajará a buscarle.
Lynley colgó, enmudeciendo la voz de mártir que le preguntaba cómo le gustaría que le llamara la semana siguiente. ¿Lynley, Asherton, o por algún otro polvoriento título familiar que le apeteciera emplear durante un mes o dos? Havers, anticipándose a sus deseos por lo que había oído de la conversación, ya se dirigía hacia el ascensor.
