
Lynley la vio salir. Sus pantalones de mezclilla ondeaban alrededor de sus piernas achaparradas, y del codo de su raído jersey de Aran colgaba, como una polilla, un trozo de papel. Pensó en la inesperada visita de Corntel; un fantasma del pasado, sin duda.
Habían sido compañeros de colegio en Eton. Corntel era becario del King's, uno de la élite. Lynley recordó que, en aquellos días, Corntel era toda una figura entre los alumnos de último curso. Un joven alto y triste, muy melancólico, favorecido con un cabello color sepia y un conjunto de facciones aristocráticas, similares a las que Antoine Jean Gros había adjudicado a Napoleón en sus románticos lienzos. Como si deseara amoldarse al tipo físico, Corntel se había preparado para obtener matrícula de honor en literatura, música y arte. Lynley ignoraba lo que había sido de él después de Eton.
Con esta imagen mental de John Corntel, parte de la historia de Lynley, éste se levantó, no sin cierta sorpresa, para saludar al hombre que entró en su despacho menos de cinco minutos después, precedido por la sargento Havers. Sólo la altura (un metro ochenta y cinco, igual que Lynley) permanecía inalterada, pero la estructura que en otro tiempo le había permitido erguirse tan alto y seguro de sí mismo, un prometedor becario en el mundo privilegiado de Eton, tenía ahora los hombros redondeados, como para protegerle de un posible contacto físico. Además, los rizos de la juventud habían dado paso a un cabello muy corto y salpicado de un gris prematuro. Aquella milagrosa amalgama de hueso, piel, contorno y color que había dado como resultado un rostro en el que sensualidad e inteligencia se daban la mano, estaba teñida ahora de una palidez que solía asociarse con las habitaciones de los enfermos, y la piel parecía estirarse sobre los huesos. Sus ojos oscuros estaban inyectados en sangre.
