
Tenía que haber una explicación para el cambio sufrido por Corntel en los diecisiete años transcurridos desde la última vez que Lynley le había visto. La gente no experimenta alteraciones tan drásticas sin una causa concreta. En este caso, daba la impresión de que el fuego o el hielo hubieran destruido el núcleo del hombre, aniquilando la sustancia interior, y avanzaran ahora para diezmar el resto.
– Lynley Asherton. No sabía qué apellido utilizar -dijo Corntel, inseguro, pero la timidez parecía estudiada, como si hubiera decidido presentarse así con mucha anticipación. Le tendió la mano. Estaba caliente, como febril.
– No suelo usar el título. Sólo Lynley.
– Un título siempre es útil. En el colegio te llamábamos el Vizconde de la vacilación, ¿verdad? ¿De dónde salió? No me acuerdo.
Lynley prefería no contestar. Agitaba recuerdos que asaltaban las regiones protegidas de la psique con pasmosa facilidad.
– Vizconde Vacennes.
– Eso es. El título secundario. Uno de los placeres de ser el hijo mayor de un conde.
– Dudoso placer, a lo sumo.
– Tal vez.
Lynley observó que los ojos del hombre recorrían el despacho, tomando nota de los ficheros, los estantes y los libros que sostenían, el caos general de su escritorio, los dos grabados del suroeste de Estados Unidos. Se posaron en la única fotografía del despacho, y Lynley esperó a que el otro hombre hiciera algún comentario sobre su tema. Corntel y Lynley habían estado en Eton con Simon Allcourt St. James, y como la foto databa de trece años atrás, Corntel reconocería sin duda el rostro jubiloso de aquel joven jugador de criquet de cabello enmarañado, congelado en el tiempo, capturado en aquella alegría pura y exuberante de la juventud, con los pantalones rotos y sucios, un jersey arremangado por encima de los codos y una raya de mugre en el brazo. Estaba apoyado en un bate de criquet, riendo de buena gana. Tres años antes de que Lynley le lisiara.
