– Las diez y media -repitió ella, sin hacerle caso-. Matt dijo que volverían a la hora de la comunión, Kev, y la comunión habrá acabado a las diez. Ya son y media. ¿Por qué no nos ha llamado?

– Estará ocupado deshaciendo las maletas. Ha de preparar los deberes, explicar lo divertido que ha sido el fin de semana, y almorzar después con los demás chicos. De modo que se ha olvidado de llamar a su mami, pero lo hará a la una. Ya lo verás. No te preocupes, cariño.

Kevin sabía que pedirle a su mujer que no se preocupara por su hijo era tan eficaz como pedirle al Támesis que dejara de fluir cada día, considerando que el cauce pasaba a pocos pasos de su puerta. Llevaba doce años y medio brindándole variaciones sobre el mismo tema, pero no servía de nada. Patsy se preocupaba por todos los detalles relativos a la vida de Matthew. Por la armonía de sus prendas de vestir, por quién le cortaba el pelo y cuidaba de su dentadura, por el brillo de sus zapatos y la longitud de sus pantalones, por los amigos que escogía y las aficiones que practicaba. Releía todas las cartas que escribía desde el colegio hasta aprendérselas de memoria, y si no la llamaba una vez a la semana se ponía tan nerviosa que nada podía calmarla, excepto el propio Matthew. Siempre solía hacerlo, por lo que la ausencia de llamadas telefónicas después de su fin de semana en las Costwolds era aún más incomprensible, pero Kevin no estaba dispuesto a admitirlo delante de su esposa.

«Adolescentes -pensó-. No se puede evitar, Pats. El chico se está haciendo mayor.»

La respuesta de Patsy sorprendió a su marido, que no se consideraba tan transparente.

– Sé lo que piensas, Kev. Se está haciendo mayor. No quiere que su mamá le dé la paliza todo el tiempo. Es verdad, y lo sé.

– ¿Y bien? -la animó.

– Esperaré un poco más antes de llamar al colegio.

Kevin sabía que no podía pedirle más.



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