– Ésa es mi chica -replicó, y volvió a su escultura.

Durante la hora siguiente se permitió el lujo de sumirse por completo en las delicias de su arte, perdiendo el sentido del tiempo. Como de costumbre, lo que le rodeaba quedaba reducido a la insignificancia, y la existencia se limitaba a la sensación directa del mármol cobrando vida bajo sus manos.

Su mujer tuvo que llamarlo dos veces antes de arrancarle del mundo crepuscular en que habitaba siempre que su musa le atraía a él. Había vuelto a la puerta, pero vio que esta vez, en lugar del paño de cocina, llevaba un bolso de vinilo negro. Se había puesto sus zapatos negros nuevos y su mejor chaqueta de lana azul marino. En el ojal se había prendido descuidadamente un reluciente broche de bisutería. Una esbelta leona con una pata alzada, a punto de atacar. Sus ojos eran como dos diminutas manchas verdes.

– Está en la enfermería -pronunció la última palabra con tono de pánico incipiente.

Kevin parpadeó, deslumbrado por la danza de luz emanada de la leona.

– ¿La enfermería? -repitió.

– ¡Nuestro Matt está en la enfermería, Kev! Ha pasado allí todo el fin de semana. Acabo de llamar al colegio. Ni siquiera fue a casa de los Morant. ¡Está enfermo! El hijo de los Morant no sabía nada. ¡No le ha visto desde la comida del viernes!

– ¿Qué estás tramando, muchacha? -preguntó Kevin con astucia. Conocía muy bien la respuesta, pero necesitaba un momento para pensar en la mejor manera de detenerla.

– ¡Mattie está enfermo! ¡Nuestro hijo! Dios sabe lo que habrá ocurrido. Bien, ¿vas a venir conmigo al colegio o piensas quedarte todo el día aquí, con las manos metidas en la descarada entrepierna de esa mujer?

Kevin se apresuró a apartar las manos de la ofensiva parte anatómica de la escultura. Se las limpió en los costados de sus téjanos de trabajo, añadiendo pasta blanca abrasiva al polvo y la tierra que ya jalonaban las costuras.



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