– Calma, Pats -dijo-. Piensa un momento.

– ¿Pensar? ¡Mattie está enfermo! Querrá estar con su madre.

– ¿Tú crees, cariño?

Patsy meditó sobre esta idea, apretando los labios como si intentara contener las palabras. Sus dedos anchos y chatos torturaban la hebilla del bolso, abriéndola y cerrándola sin cesar. A juzgar por lo que Kevin veía, el bolso estaba vacío. Con las prisas, Patsy se había olvidado de meter algo, calderilla, un peine, una polvera, cualquier cosa.

Kevin sacó un trozo de paño del bolsillo y procedió a frotar la escultura.

– Piensa, Pats. Ningún chico quiere que mamá vaya volando al colegio porque tiene un poco de gripe. Es muy posible que le moleste, ¿no? Ruborizado hasta las orejas porque mamá ha hecho acto de presencia, como si necesitara que le cambiaran los pañales y sólo ella pudiera hacerlo.

– ¿Estás diciendo que lo deje correr? -Patsy agitó el bolso en su dirección, para subrayar sus palabras-. ¿Como si me trajera sin cuidado el bienestar de mi hijo?

– No digo que lo dejes correr.

– Pues ¿qué?

Kevin convirtió el paño en un pequeño y pulcro cuadrado.

– Reflexionemos. ¿Qué te ha dicho la responsable de la enfermería cuando has llamado?

Patsy bajó los ojos. Kevin sabía lo que la reacción implicaba y rió por lo bajo.

– Hay una enfermera de guardia en el colegio y no la has llamado, ¿verdad, Patsy? ¡Mattie ha tropezado con una piedra y su mamá sale corriendo hacia West Sussex sin molestarse en llamar primero para averiguar lo sucedido! ¿Qué va a ser de la gente como tú, muchacha?

El rubor ascendió por el cuello de Patsy hasta sus mejillas.

– Llamaré ahora -consiguió articular con dignidad, dirigiéndose hacia el teléfono de la cocina.

Kevin la oyó marcar el número. Un momento después escuchó su voz. Al instante siguiente la oyó colgar el auricular. Gritó una sola vez, un sollozo aterrorizado que Kevin reconoció como su nombre. Arrojó el paño al suelo y entró corriendo en la casa.



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