Al principio pensó que su mujer sufría un ataque. Tenía el rostro gris y sus labios sugerían que contenía un aullido de dolor con gran esfuerzo de voluntad. Cuando se volvió al oír los pasos de su marido, éste vio que una mirada extraviada alumbraba sus ojos.

– No está allí. Mattie ha desaparecido. No estaba en la enfermería. ¡Ni siquiera está en el colegio!

Kevin luchó por comprender el horror que aquellas pocas palabras implicaban, pero sólo pudo repetirlas.

– ¿Mattie, desaparecido?

Su mujer parecía petrificada.

– Desde el viernes a mediodía.

De repente, aquel inmenso lapso que se extendía entre el viernes y el domingo se transformó en terreno abonado para el tipo de imágenes indecibles a las que todo padre se enfrenta cuando descubre la desaparición de su amado hijo. Rapto, abusos deshonestos, sectas religiosas, trata de blancas, sadismo, asesinato. Patsy se estremeció y experimentó náuseas. Una leve película de sudor cubría su piel.

Al darse cuenta, y temiendo que se desmayara, sufriera un infarto y cayera muerta en el acto, Kevin la aferró, por los hombros para proporcionarle el único consuelo posible.

– Iremos al colegio, cariño. Encontraremos a nuestro chico, te lo prometo. Iremos ahora mismo.

– ¡Mattie!

El nombre se elevó como una plegaria.

Kevin se dijo que las plegarias no eran necesarias en ese momento, que Mattie había hecho novillos, que su ausencia del colegio tenía una explicación razonable, de la que se reirían los tres juntos dentro de nada. No obstante, mientras pensaba esto, un temblor malsano agitó el cuerpo de Patsy. De nuevo pronunció con tono suplicante el nombre de su hijo. Contra todo motivo, Kevin se descubrió confiando en que algún dios estuviera escuchando a su mujer.


La sargento detective Barbara Havers hojeó su contribución al informe conjunto por última vez y decidió que estaba satisfecha con el resultado del trabajo efectuado durante el fin de semana. Grapó las quince tediosas páginas, empujó la silla hacia atrás y fue en busca de su inmediato superior, el inspector Thomas Lynley.



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