Rikki sacudió la cabeza, tratando de no mostrar una reacción física, cuando todo su cuerpo se estremeció de horror ante el pensamiento de la multitud.

– No puedo hacer eso. Sabes que no puedo. Siempre digo la cosa equivocada y hago que la gente se moleste.

Había encontrado a Blythe en la sesión de un grupo de terapia contra el dolor y de algún modo, Rikki todavía no sabía cómo ni por qué, había dejado escapar sus temores de ser una sociópata para los demás. Ella nunca hablaba con nadie acerca de ella misma ni sobre su pasado, pero Blythe tenía un modo de hacer que las personas se sintieran cómodas. Era la mujer más tolerante que Rikki había conocido jamás. Rikki no iba a correr el riesgo de hacer nada que le pudiera ganar la antipatía de alguien hacia ella o a cualquiera de sus otras hermanas. Y eso significaba permanecer lejos de los residentes de Sea Haven.

– Rikki -dijo Blythe, con su extraña capacidad que hacía que Rikki pensara que leía las mentes-. No hay nada malo en ti. Eres una persona maravillosa y no nos avergüenzas.

Rikki trató desesperadamente de no retorcerse, deseando estar ya en el mar y tan lejos de esta conversación como fuera posible. Ajustó las gafas para asegurarse de que no estaba mirando fijamente de manera impropia. Cielos. Había tantas reglas sociales raras, ¿cómo las recordaban las personas? Dadle el océano cualquier día.

– Y no necesitas llevar tus gafas a mi alrededor -agregó Blythe suavemente-. La manera en que me miras no me molesta en absoluto.

– Tú eres la excepción, entonces, Blythe -dijo con brusquedad y luego se mordió el labio con fuerza. No era culpa de Blythe que ella estuviera completamente feliz o completamente triste, totalmente enojada o absolutamente tranquila. No había intermedio en la escala emocional para ella, lo cual hacia un poco difícil pasar tiempo con otras personas, tanto si Blythe quería admitirlo como si no.



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