– Soy diferente, Blythe. Estoy cómoda siendo diferente, pero los otros no están cómodos a mi alrededor. -Eso era un hecho que Blythe no podía discutir. Rikki a menudo se negaba a contestar a alguien cuando le hacían una pregunta directa si sentía que no era de su incumbencia. Y algo personal no era de la incumbencia de nadie. Ella sentía que su falta de respuesta era completamente apropiada, pero el individuo que hacía la pregunta generalmente no.

– Te escondes del mundo y no es bueno para ti.

– Es así cómo me enfrento -dijo Rikki con un pequeño encogimiento de hombros-. Adoro estar aquí, contigo y las otras, me siento segura. Y me siento segura cuando estoy en el agua. De otro modo… -Se encogió de hombros otra vez-. No te preocupes por mí. No me meteré en problemas.

Blythe tomó un trago de café y la miró con ojos meditabundos.

– Eres un genio, Rikki, lo sabes, ¿verdad? Nunca he conocido a nadie como tú, capaz de hacer las cosas que tú haces. Puedes memorizar un libro de texto en minutos.

Rikki sacudió la cabeza.

– No memorizo. Sólo retengo todo lo que leo. Creo que es por eso por lo que carezco seriamente de habilidades sociales. No tengo espacio para sutilezas. Y no soy un genio, esa es Lexi. Yo sólo soy capaz de unas pocas cosas raras.

– Creo que deberías hablar de las pesadillas con alguien, Rikki.

La conversación era intolerable para ella y si hubiera sido cualquiera excepto Blythe, Rikki no se habría molestado en hacer un esfuerzo. Esta conversación bordeaba un poco demasiado el pasado y ese era un lugar al que nunca iría. Esa puerta de su mente estaba cerrada firmemente. No podía permitirse el lujo de creer que era capaz del tipo de cosas del que otros la habían acusado, de provocar fuegos, matando a sus propios padres, tratando de herir a otros. Y Daniel…



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