Se apartó de Blythe sintiéndose casi como si no pudiera respirar.

– Tengo que moverme.

– Prométeme que tendrás cuidado.

Rikki asintió. Era más fácil que discutir.

– Diviértete en la boda y di hola de mi parte.

Era mucho más fácil ser social a través de las otras. Todas eran queridas y tenían tiendas u oficinas en Sea Haven, eran una parte importante de la comunidad. Rikki estaba siempre en el margen y era aceptada más porque formaba parte de la Granja que por ella misma. Los residentes de Sea Haven habían aceptado a las mujeres de la familia provisional de Rikki cuando se mudaron aquí unos pocos años antes, todas tratando de recuperarse de varias pérdidas.

Forzó una sonrisa porque Blythe había sido la que le había dado un lugar al que llamar hogar.

– Realmente estoy bien.

Blythe asintió y le entregó la taza de café vacía.

– Mejor que lo estés, Rikki. Estaría perdida si algo te sucediera. Eres importante para mí, para todas nosotras.

Rikki no supo cómo responder. Estaba avergonzada e incómoda con las emociones y Blythe siempre lograba evocar emociones reales, de la clase que te desgarraba el corazón y que era mejor dejar solas. Rikki sentía demasiado cuando se permitía sentir y no lo bastante cuando no. Se empujó fuera de la silla y miró como se alejaba Blythe, enojada consigo misma por no haberle preguntado por qué estaba corriendo tan temprano esa mañana, por qué no podía dormir. En vez de eso, supo que piratearía el ordenador de Blythe y leería su diario personal y luego trataría de encontrar un modo de ayudarla.

Rikki no tenía inconveniente en invadir la intimidad si pensaba que tenía una buena razón. El hecho de que fuera inepta para el diálogo sin sentido con aquellos por los que se preocupaba le daba todas las razones en el mundo. Blythe, de todas las mujeres, era un enigma. Rikki era una observadora y advertía cómo Blythe les traía paz a todas ellas, como si tomara un poquito de sus cargas en ella misma.



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