
Blythe no podía pasar por alto el entusiasmo en su voz. Sacudió la cabeza.
– No me gusta, pero lo comprendo. -Y ese era el problema, lo comprendía. Rikki era brillante y solitaria. Parecía dar sus talentos por sentado. Blythe podía pedirle que programara algo en el ordenador y escribiría un programa rápidamente que funcionaba mejor que cualquier otra cosa que Blythe jamás hubiera intentado.
Todo acerca de Rikki era una tragedia y Blythe a menudo se sentía como si la estuviera sosteniendo con fuerza, pero lo sabía. Rikki estaba cerrada al toque humano, a las relaciones, básicamente a todo lo que tuviera que ver con otros. Había permitido entrar a cada una de las otras cinco mujeres en su mundo, pero ellas sólo podían llegar a un punto antes de que se cerrara. Estaba atormentada por su pasado, por los fuegos que habían matado a sus padres y quemado sus casas de acogida. Por el fuego que se había llevado a su prometido, la única persona a la Rikki se había permitido alguna vez amar.
– ¿Has tenido otra pesadilla, verdad? -preguntó Blythe-. En caso de que te estés preguntando, cerré las otras tres mangueras de tu casa.
No preguntó cómo se había abierto el agua. Toda la familia sabía que el agua y Rikki iban de la mano y que sucedían cosas extrañas cuando Rikki tenía pesadillas.
Rikki se mordió el labio. Intentó un encogimiento de hombros causal para indicar que las pesadillas no eran gran cosa, pero las dos lo sabían mejor.
– Quizá. Sí. Todavía las tengo.
– Pero tienes muchas últimamente -aguijoneó Blythe suavemente-. ¿No han sido cuatro o cinco en las últimas semanas?
Las dos sabían que era mucho más que eso. Rikki dejó salir el aliento.
– Esa es otra razón por la que hoy voy a hacer submarinismo. Hacer pompas siempre ayuda.
– No correrás ningún riesgo -se aventuró Blythe-. Podría ir contigo, llevar un libro o algo y leer en el barco.
