Martín Saldaña nos refirió el suceso por la tarde. O sería más exacto precisar que se lo comentó al capitán Alatriste cuando nos encontramos en la puerta de Guadalajara, viniendo nosotros con el gentío de la plaza Mayor, y Saldaña de terminar su averiguación sobre la mujer muerta, cuyo cadáver había quedado expuesto en Santa Cruz dentro de un ataúd de ahorcados, por si alguien lo identificaba. Lo comentó muy de paso, más interesado por la bravura de los toros corridos en la plaza que por el crimen que tenía entre manos; cosa lógica, si consideramos que en el peligroso Madrid de la época menudeaban los muertos callejeros, pero ya empezaban a escasear los buenos festejos de toros y cañas. Las cañas, una suerte de torneo a caballo entre cuadrillas de gentiles hombres principales donde a veces participaba el Rey nuestro señor, se habían amanerado entre lindos y pisaverdes, más pendientes de lazos, cintas y damas que de romperse la crisma como Dios manda; y ya no eran, ni de lejos, lo que en tiempos del guerrear entre moros y cristianos, o incluso aún en vida del abuelo de nuestro joven monarca, el gran Felipe II. En cuanto a los toros, ésa continuaba siendo otra gran afición del pueblo español en aquel primer tercio del siglo. De los más de setenta mil habitantes de Madrid, las dos terceras partes acudían a la plaza Mayor cada vez que se lidiaban cornúpetas, celebrándose el valor y destreza de los caballeros que se enfrentaban a los animales. Porque en aquel tiempo, hidalgos, grandes de España y hasta personas de sangre real no tenían reparos en salir a la plaza, jinetes en sus mejores corceles, para quebrarle el rejón en la cruz a un jarameño o matarlo pie a tierra, con la espada, entre los aplausos del entusiasmado gentío, que igual se cobijaba bajo los arcos de la plaza, en caso del vulgo, que en balcones alquilados hasta a veinticinco y cincuenta escudos por cortesanos, nuncio y embajadores extranjeros.



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