Aquellos lances eran celebrados luego en coplas y versos; tanto los gallardos, que los había numerosos, como los graciosos y grotescos, que tampoco escaseaban y eran materia a la que los ingenios de la Corte no tardaban en sacar punta. Como cuando un toro perseguía a un alguacil -la justicia no gozaba entonces, como tampoco ahora, de gran favor popular- y todo el público se ponía de parte del toro:

El astado hubo razónde encorrer al alguacilDe cuatro cuernos, allísobraban lo menos dos.

O en otro orden de cosas, cierta ocasión en que el almirante de Castilla, lidiando a caballo un morlaco, hirió por accidente con su rejón al conde de Cabra. Ello hizo que al día siguiente corrieran estos celebrados versos por los más zumbones mentideros de Madrid:

Más de mil torearon de palabra,y el Almirante, el único, el primero,poniéndole un rejón a un pasajero,entendió que era toro, y era Cabra.

Se comprende pues, volviendo ya a nuestro domingo de la mujer muerta, a Martín Saldaña y a su viejo amigo Diego Alatriste, que el primero pusiese al segundo al tanto de la causa que le había impedido ir a los toros y que, a cambio, éste relatase a aquél los pormenores de la lidia, que habían presenciado sus majestades los reyes desde el balcón de la Casa de la Panadería, y el capitán y yo entre el público llano, comiendo piñones y altramuces a la sombra del portal de Pañeros. Los toros habían sido cuatro y de regular bravura; y tanto el conde de Puñoenrostro como el de Guadalmedina se lucieron quebrando rejones. Al de Guadalmedina un jarameño le había matado el caballo; y el conde, muy gentilhombre y valiente, había tirado de herreruza pie a tierra, desjarretando al cornúpeta antes de matarlo de dos buenas estocadas; lo que le había valido aleteo de abanicos de las damas, aprobación del Rey y una sonrisa de la reina.



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