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LA VIUDA DE HIERROTuve que pasar por varios controles de seguridad hasta llegar a Geraldine Graham. Anodyne Park era una comunidad muy vigilada, con un guardia en la entrada que tomó nota de la matrícula de mi coche y me preguntó cuál era la razón de mi visita antes de pedir autorización a la señora Graham para dejarme entrar. Mientras serpenteaba por una de esas carreteras sinuosas que hacen las delicias de los promotores de zonas residenciales, me di cuenta de que el complejo era más grande de lo que parecía desde fuera. Además de las casas, los edificios de apartamentos y la clínica del tamaño de un pequeño hospital, había una pequeña hilera de tiendas. Varios grupos de golfistas, que no se achantaban ante el mal tiempo, dejaban los coches frente a un bar que había cerca de aquéllas. Entré en una tienda de alimentación construida a modo de chalé alpino para comprar una botella de agua demasiado cara y un plátano. Tener el nivel de azúcar en sangre un poco más alto me ayudaría a entrevistar a la madre de mi cliente.
Cuando abrió la puerta, me quedé asombrada: Geraldine Graham se parecía tanto a su hijo que hasta hubiera creído que quien estaba allí delante era el mismísimo Darraugh vestido de seda rosa. Tenía su misma cara estirada, la nariz prominente y los ojos de idéntico azul escarchado, si bien los de la mujer ya estaban empañados por la edad. La única diferencia radicaba en el pelo: con los años el rubio de Darraugh se había vuelto blanco; el de ella era oscuro, de un tono castaño veteado de canas completamente natural. Era igual de tiesa que su hijo. Me imaginé a su madre atándole una tabla victoriana a la espalda que después habría heredado Darraugh.
