
Geraldine Graham se apartó del umbral y la luz le dio de lleno en la cara, fue entonces cuando vi lo surcada de arrugas que la tenía.
– Usted es la joven que envía mi hijo para averiguar quién entra en Larchmont Hall, ¿verdad? -Tenía un tono de voz agudo y aflautado propio de la edad-. No sabía si el policía la arrestaría o no, pero me dio la impresión de que usted se las arregló para convencerlo. ¿Qué le hizo ir allí?
– ¿Estaba usted observándome, señora?
– Pasatiempos de la gente mayor. Espiar por la ventana, mirar por las cerraduras. Aunque supongo que lo que para mí es una diversión para usted es un trabajo. Estoy preparando té. Puedo ofrecerle una taza. También tengo bourbon: sé que los detectives beben cosas más fuertes que el té.
Me reí.
– Eso sólo lo hace Philip Marlowe. Nosotros, los detectives modernos, no podemos beber alcohol durante el día: nos da sueño.
La mujer se alejó por el corto pasillo hasta la cocina. La seguí y sentí una punzada de envidia al ver el frigorífico de dos puertas y la vitrocerámica. La cocina de mi casa no se remodelaba desde hacía dos inquilinos. Me pregunté cuánto costaría instalar una zona de cocción como aquélla, con sus elegantes quemadores eléctricos que parecían pintados en la superficie. Probablemente dos años de hipoteca.
La señora Graham percibió mi mirada y dijo:
– Los diseñaron así para evitar que los viejos prendan fuego a la casa. Se apagan automáticamente si no hay nada encima, o después de unos minutos si no se programó el tiempo.
Cuando vi que ella colocaba despacio una escalerita para alcanzar las bolsas de té, me acerqué a ayudarla. Me rechazó con la misma brusquedad que su hijo.
– Que sea vieja y torpe no quiere decir que vaya a dejarme intimidar por los jóvenes y ágiles.
