
Aquellas tazas, con su delicado borde dorado y sus complejos estarcidos, no eran exactamente del servicio de la Pacific Gardens Mission. Cuando la señora Graham me indicó con la cabeza que podía coger una, a duras penas pude agarrar la estrecha asa. Me quemé los dedos con el té a través de la finísima porcelana. Seguir el lento caminar de la anciana por el pasillo hasta la sala de estar me pareció un auténtico suplicio.
Si Geraldine Graham había vivido en una mansión como las del otro lado de la calle, aquel apartamento podría parecer un lugar diminuto, pero sólo el salón era del tamaño de mi apartamento de Chicago. Había alfombras chinas de color claro en el pulido suelo de madera. Dos sillones cubiertos con una tela de satén color hueso flanqueaban una chimenea situada en el centro de la pared, pero la señora Graham me llevó a un rincón que daba a Larchmont Hall, donde había una silla tapizada junto a una mesa con el borde labrado. Allí era donde parecía vivir: libros, gafas de lectura, sus prismáticos y un teléfono ocupaban la mayor parte de la superficie de la mesa. Detrás de la silla colgaba una pintura al óleo de una mujer con traje eduardiano. Observé el rostro tratando de encontrar una semejanza con mi anfitriona y su hijo, pero no era más que el óvalo de una belleza clásica. Sólo la frialdad de sus ojos azules me recordó a Darraugh.
