– Es mi madre. Para ella fue una gran decepción que yo heredara los rasgos de mi padre; de joven se la consideraba una de las mujeres más hermosas de Chicago. -Con sus pausados movimientos, Geraldine Graham colocó los prismáticos y las gafas encima de los libros y luego dispuso unos posavasos para las tazas. Se sentó en su silla y dijo que yo podía acercarme uno de los sillones que había junto a la chimenea-. Probablemente no debería haber comprado un apartamento que diera a la casa. Mi hija me advirtió de que me resultaría duro ver extraños en el lugar, pero, desde luego, no los he visto, excepto durante los pocos meses que los inquilinos pudieron pagarla. Se trataba de un magnate de la informática que se derritió como nieve en medio de la convulsión financiera del año pasado. Siempre he creído que es muy humillante para los niños que tengan que venderse sus caballos. Pero desde que se fueron no he vuelto a ver a nadie hasta estos últimos días… noches. Durante el día no veo nada fuera de lo común. Aunque mi hijo no lo diga, debe de pensar que tengo Alzheimer. Al menos eso creo, puesto que cogió el coche para venir hasta aquí el jueves por la noche, lo cual es muy raro en él. Sin embargo, no estoy loca: sé lo que veo. Después de todo, la vi a usted esta tarde.

Fingí no haber oído la frase final.

– ¿Larchmont Hall le perteneció a usted? Darraugh no me lo dijo.

– Nací en esa casa. Crecí en ella. Pero ninguno de mis hijos quiso asumir la carga de cuidar de semejante propiedad, ni siquiera conservarla en fideicomiso para sus propios hijos. Naturalmente mi hija no vive aquí, ella está en Nueva York con su marido; tienen una propiedad de la familia de él en Rhinebeck, pero yo pensaba que Darraugh querría que su hijo tuviera la oportunidad de vivir en Larchmont. Sin embargo, fue inflexible, y una vez que Darraugh toma una decisión, es tan duro como un diamante.



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