¿Por qué Darraugh no me dijo que se había criado allí? La ira de sentir que se me había ocultado información me distrajo de lo que ella estaba diciendo. ¿Qué más me habría ocultado Darraugh? Aun así, me daba cuenta de que ocuparse de Larchmont Hall suponía una tarea a jornada completa, no algo que una viuda ligada al negocio de él pudiera aceptar de buena gana. Me representé a Darraugh en una infancia estilo Daphne du Maurier, aprendiendo equitación, caza, jugando al escondite en los establos. Tal vez sólo los niños de clase media como yo imaginan que se puede sentir nostalgia por una infancia semejante y que debe de ser difícil renunciar a ella.

– De modo que usted vigila el lugar para comprobar cómo le va sin su presencia, y le ha parecido ver a alguien merodeando por allí.

– No exactamente. -Tragó ruidosamente y dejó la taza sobre el posavasos con un movimiento que salpicó de gotas la madera-. Cuando se es mayor no se duermen muchas horas seguidas. Me despierto de noche, voy al baño, leo un poco y cabeceo en este sillón. Hace una semana, más o menos -hizo una pausa para calcular con los dedos-, el martes pasado sería, me levanté alrededor de la una. Vi que brillaba una luz y salí. Al principio creí que se trataba de un coche que pasaba por Coverdale Lane. Desde aquí no se puede ver el camino, pero sí el reflejo de las luces en las fachadas.

El reflejo en las fachadas. La precisión de su lenguaje la hacía parecer aún más imponente que sus autoritarios modales. Me acerqué a la ventana e hice visera con las manos para escrutar el atardecer invernal. Al otro lado de Powell Road lo único que veía era el seto que separaba New Solway de lo plebeyo. Larchmont Hall se elevaba en el extremo más alejado, en línea recta con el lugar donde yo me encontraba. La propiedad estaba tan alejada del camino que incluso a la luz del crepúsculo distinguía toda la casa.



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