– Coja los prismáticos, jovencita: permiten ver en la oscuridad, incluso a una anciana como yo.

Eran unos estupendos Rigel, con función de visión nocturna, que por lo general usan los cazadores.

– ¿Ha comprado esto para poder ver en la oscuridad, señora?

– En principio no los compré para espiar mi vieja casa, si es eso lo que quiere saber: mi nieto MacKenzie me los regaló cuando todavía vivía en Larchmont. Pensó que me serían útiles puesto que cada vez veía menos, y tenía razón.

Las lentes hacían resaltar las ventanas de la buhardilla. En la oscuridad no veía detalladamente, aunque sí lo suficiente como para distinguir el tragaluz recortado en el empinado techo. Las ventanitas de debajo de los aleros no tenían cortinas. La entrada principal, donde habíamos aparcado tanto el policía como yo, se encontraba a la izquierda, frente a Anodyne Park. A cualquiera que viniese a la propiedad desde la calle se le vería fácilmente desde allí si se estaba mirando; sin embargo, el establo y el invernadero ocultarían a quien se acercara desde el jardín de la parte trasera.

– Encontré botellas vacías y cosas así cuando estuve dando una vuelta por allí -dije mientras seguía escrutando la casa en busca de señales de luz o de vida-. Está claro que viene gente a la propiedad ahora que está desocupada. ¿Cree usted que es eso lo que ve?

– Oh, supongo que los trabajadores experimentan cierta sensación de triunfo teniendo relaciones sexuales en los terrenos del viejo Drummond -dijo con desdén-, pero yo he visto luces titilando en el ático en plena noche. La claraboya revela tanto lo que hay dentro como lo que hay fuera. Era el cuarto de estar de los sirvientes cuando mi madre gobernaba Larchmont. De niña solía subir para ver a las doncellas jugar al póquer. Ella no sabía nada de los juegos de cartas, pero los niños y los sirvientes son aliados naturales.



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