
La fatiga me impedía concentrarme. Era medianoche, no muy tarde para lo que es habitual en mí, pero llevaba unos días durmiendo mal; estaba inquieta y me sentía sola.
A raíz de lo del World Trade Center yo estaba tan desconcertada y sobrecogida como los demás en Estados Unidos. Al cabo de un tiempo, cuando los talibanes se vieron obligados a esconderse y todo apuntaba a que lo del ántrax era obra de un maníaco del país, daba la impresión de que la mayoría de la gente se había envuelto en el rojo-blanco-y-azul de la bandera americana y regresado a la normalidad. Sin embargo, a mí me resultaba imposible hacer otro tanto mientras Morrell siguiera en Afganistán, por más que él disfrutara durmiendo en cuevas mientras seguía la pista a los milicianos convertidos en diplomáticos y vueltos a convertir en milicianos.
Cuando el equipo médico de Medicina Humanitaria fue a Kabul en el verano de 2001, Morrell, que tenía un contrato para escribir un libro sobre la vida cotidiana bajo el régimen talibán, se unió a aquél. «He sobrevivido a cosas peores», decía cuando mostraba mi preocupación por que pudiera enemistarse con el famoso departamento talibán para la Prevención del Vicio.
Eso fue antes del 11 de septiembre. Después, Morrell desapareció durante diez días. Entonces dejé de dormir, a pesar de que un miembro de Medicina Humanitaria me llamó desde Peshawar para decirme que, sencillamente, Morrell estaba en una zona sin conexión telefónica. La mayor parte del equipo huyó a Pakistán justo después del ataque al World Trade Center, pero Morrell había arreglado un viaje con un viejo amigo que se dirigía a Uzbekistán con el fin de hacer un reportaje sobre los refugiados que escapaban hacia el norte. «Una oportunidad única en la vida», me contó la persona que me llamó que había dicho Morrell; que era lo mismo que en su momento dijo sobre Kosovo. Tal vez aquélla era la oportunidad de una vida distinta.
