Cuando en octubre empezamos con los bombardeos, primero Morrell se quedó en Afganistán para cubrir la guerra de cerca y en persona, y después para hacer un seguimiento del gobierno de coalición. Margent.online, la versión digital de la vieja revista mensual Margent, de Filadelfia, le pagaba por unos reportajes de guerra que él iba guardando con el propósito de reunirlos en un libro. The Guardian también le compraba sus historias de vez en cuando. E incluso yo llegué a verlo unas cuantas veces en la CNN. Qué extraño resulta contemplar el rostro de la persona amada transmitiendo a veinte mil kilómetros de distancia, tan extraño como saber que cien millones de personas escuchan la misma voz que te susurra palabras de amor al oído. O más bien que susurraba palabras de amor.

Cuando reapareció en Kandahar, primero sollocé de alivio, luego le grité a través de los satélites. «Pero, querida -se defendió-, estoy en una zona de guerra, en un lugar sin electricidad ni antenas para móviles. ¿No te llamó Rudy desde Peshawar?».

En los meses que siguieron no paró de ir de un sitio a otro, de modo que en realidad yo nunca sabía dónde se encontraba. Pero al menos se ponía en contacto conmigo más a menudo, sobre todo cuando necesitaba ayuda: «V.I., ¿podrías averiguar por qué han aislado a Ahmed Hazziz en la prisión de Coolis?», «V.I., ¿podrías investigar si el FBI ha comunicado a la familia de Hazziz adónde lo llevaban?», «Me voy corriendo a una importante entrevista con el primogénito de la tercera esposa del jefe de la región. Luego te pongo al corriente».

Me molestaba un poco que se me considerase un centro gratuito de investigación. Nunca creí que Morrell fuese un adicto a la adrenalina -como esos periodistas que necesitan estar en medio del desastre-, pero aun así le envié un seco correo electrónico en el que le preguntaba qué era lo que trataba de demostrar.



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