«Más de una docena de periodistas occidentales han sido asesinados desde que comenzó la guerra», escribí yo en una ocasión. «Cada vez que enciendo el televisor, debo prepararme para lo peor».

Su respuesta electrónica llegó en cuestión de minutos.

«Victoria, mi amada detective, si volviera a casa mañana, ¿prometerías solemnemente retirarte de cualquier investigación que yo considerase peligrosa?».

Un mensaje que me enfureció aún más porque sabía que tenía razón. Era injusta y estaba manipulándolo. Sin embargo, necesitaba verlo, tocarlo, oírlo… en persona, no desde el ciberespacio.

Entonces me dio por correr hasta la extenuación. Desde luego, agotaba a los dos perros que comparto con mi vecino del piso de abajo, y terminaron por esconderse en el dormitorio del señor Contreras cada vez que me veían llegar en chándal.

A pesar de las largas carreras -siete kilómetros casi todos los días, en lugar de los habituales tres o cuatro- no lograba cansarme lo suficiente como para dormir. Perdí cinco kilos en los seis meses que siguieron a lo del World Trade Center. Mi vecino de abajo no dejaba de preocuparse, así que el señor Contreras empezó a prepararme tostadas francesas con beicon cuando regresaba de correr, y finalmente me convenció para que fuera a ver a Lotty Herschel y me hiciera un reconocimiento completo. Lotty dijo que me encontraba bien físicamente, pero que, como tantos otros, sufría de agotamiento espiritual.

Se llamara como se llamase, lo cierto es que en aquellos días no estaba en lo que tenía que estar. Mi especialidad son los delitos financieros e industriales. Antes caminaba mucho: iba a edificios gubernamentales a consultar archivos, vigilaba personalmente, etcétera. Pero en la era de Internet, uno se mueve entre páginas web. Hay que tener capacidad de concentración para pasar horas delante de un ordenador, y por entonces eso era algo de lo que yo carecía.

Por esa razón andaba yo por los alrededores de Larchmont Hall en la oscuridad. Cuando mi cliente más importante me encargó que averiguara si algún intruso se colaba allí por la noche, me sentía tan ávida de hacer cualquier actividad física que hasta habría limpiado los vetustos bancos de piedra que rodeaban el estanque ornamental de la casa.



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