Darraugh Graham llevaba conmigo casi desde el día en que abrí la agencia. Tres de las personas que trabajaban en la oficina neoyorquina de su compañía, Continental United, murieron en el desastre del World Trade Center. Fue un duro golpe para Darraugh, pero se mostró reservado y comedido en su aflicción, una actitud más conmovedora que las muchas tonterías que nos tocó oír durante aquellos días. No se obsesionó con las muertes ni con las consecuencias, sino que me llevó a su sala de conferencias, donde desenrolló un mapa detallado de los barrios residenciales del oeste.

– Te he hecho venir por razones personales, no por negocios. -Con un golpe seco, colocó el dedo índice sobre un manchón verde al noroeste de Naperville, en la zona independiente de New Solway-. Todo esto es propiedad particular. Grandes mansiones que pertenecen a viejas familias de la zona, ya sabes, los Ebbersley, Felitti, etcétera. Hasta ahora han conseguido mantener el terreno intacto, como si fuera una reserva forestal privada. Esta franja marrón corresponde a los diez acres que Taverner vendió a un promotor inmobiliario en el 72. Por entonces hubo un escándalo, pero él estaba en su derecho. Tuvo que pagar costas judiciales, creo.

Seguí el largo dedo índice de Darraugh mientras recorría la banda marrón que cortaba el verde como una zanahoria.

– Hacia el este se encuentra el campo de golf. Al sur, el complejo donde vive mi madre. -En las mejores circunstancias, Darraugh es un hombre frío y distante. Resulta difícil figurárselo en situaciones normales, como naciendo, por ejemplo-. Mi madre tiene noventa y un años. Se las arregla sola, con un poco de ayuda y, de todas formas, no quiero… ella no quiere vivir conmigo.



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