
– ¿Qué interés tienes en esto, Darraugh? ¿Acaso piensas comprar tú todo el lugar?
– Dios santo, no.
No dijo nada más, sino que se dirigió hacia las ventanas para contemplar las obras de Wacker Drive. Lo miré perpleja. Ni siquiera años atrás, cuando me pidió que ayudara a su hijo en un asunto de drogas, danzaba por el cuarto de aquella manera.
– Mi madre siempre se ha regido por sus propias leyes -murmuró a la ventana-. Es cierto que la justicia presta más atención a la gente de su… de nuestro entorno que a la gente como… bueno, que a los demás. Pero ella afirma que la policía no la está tomando en serio. Desde luego puede que se lo esté imaginando, a fin de cuentas tiene más de noventa años, pero ha empezado a llamarme todos los días para quejarse de la falta de atención policial.
– Miraré a ver si puedo descubrir algo que a la policía se le esté pasando por alto -dije con amabilidad.
Relajó los hombros y se volvió hacia mí.
– Tus honorarios son los de siempre, Vic. Arregla con Caroline el tema del contrato. Ella también te dará los datos de mi madre.
Me llevó hasta donde estaba su asistente personal, que le dijo que su conferencia con Kuala Lumpur lo esperaba.
Hablamos un viernes por la tarde, un desapacible 1 de marzo. El sábado por la mañana hice la primera de las que serían muchas y largas excursiones a New Solway. Antes de salir para allá en coche, pasé por mi oficina a recoger los mapas oficiales de la zona residencial del oeste. Miré el ordenador y a continuación le di resueltamente la espalda: había entrado en el sistema tres veces desde las diez de la noche anterior y no había recibido ni una palabra de Morrell. Me sentía como un alcohólico con la botella al alcance de la mano, pero cerré el despacho sin abrir el correo electrónico y empecé los treinta kilómetros de trayecto hasta la tierra de los ricos y poderosos.
La carretera del oeste siempre me ha hecho sentir como si siguiera la pendiente que conduce al cielo, por lo menos al cielo capitalista.
