
Volvió a la bandeja de entrada y leyó el mensaje de su socio Charlie Condon. Era sólo un recordatorio de viernes sobre la presentación programada para la semana siguiente, como si Pierce necesitara que se lo recordaran. El asunto decía: «RE: Proteus» y era la respuesta a un mensaje que Pierce había enviado a Charlie unos días antes.
Está todo dispuesto con Dios. Vendrá el miércoles para estar aquí el jueves a las diez en punto. El arpón está afilado y listo. No puedes faltar.
CC
Pierce no se molestó en contestar. Por descontado que no faltaría a la cita. Había mucho en juego. Mejor dicho, todo estaba en juego. El Dios al que se refería Condon en el mensaje era Maurice Goddard, un inversor neoyorquino del que Charlie esperaba que fuera su «ballena». Iba a venir a ver una presentación de Proteus antes de tomar su decisión final. Le mostrarían el proyecto con la esperanza de que eso ayudara a cerrar el trato. El lunes siguiente solicitarían la protección de patente para Proteus y empezarían a buscar otros inversores si Goddard no se subía al barco.
El último mensaje que leyó era de Clyde Vernon, el jefe de seguridad de Amedeo. Pierce supuso que adivinaría el contenido antes de abrirlo, y no se equivocaba.
Trato de contactar con usted. Hemos de hablar de Nicole James. Por favor, llámeme lo antes posible.
Clyde Vernon
Pierce sabía que a Vernon le interesaba estar al corriente de cuánto conocía Nicole, así como de las circunstancias de su abrupta partida. Vernon quería saber qué medidas debían tomarse.
Pierce torció el gesto al notar que el responsable de seguridad había firmado con su nombre completo. Entonces decidió no perder tiempo con los otros mensajes y apagó el ordenador, con cuidado de desconectar también la línea telefónica. Salió del despacho y recorrió el pasillo, pasando junto a la pared de la fama, hasta el despacho de Nicole. Su antiguo despacho.
