
– Hija adoptiva. Lo digo en serio, Meg. La gente en Wynette me interroga. Cada vez que salgo.
Eso no era exactamente algo nuevo, ya que Meg hablaba con Lucy por teléfono muchas veces a la semana, pero sus llamadas telefónicas no habían revelado las líneas de tensión que parecían haber tomado un sitio permanente sobre el puente de la pequeña nariz de Lucy. Meg tiró de un de sus pendientes de plata, que podía o no ser de la dinastía Sung, dependiendo si creía al conductor del carro de curri de Shanghai que se los había vendido. -Supongo que eres algo más que un partido para los buenos ciudadanos de Wynette.
– Es tan desconcertante -dijo Lucy-. Ellos tratan de ser discretos al respecto, pero no puedo caminar por la calle sin que alguien se detenga a preguntarme si sé en qué año Ted ganó el campeonato amateur de golf de EEUU o el tiempo transcurrido entre su licenciatura y su master… una pregunta con trampa, porque los consiguió a la vez.
Meg había abandonado la universidad antes de conseguir el título, así que la idea de conseguir dos juntos le parecía un poco más que una locura. Sin embargo, Lucy podía ser un poco obsesiva. -Es una nueva experiencia, eso es todo. No tener a todo el mundo absorbiéndote.
– Créeme, no hay peligro de eso -. Lucy puso un mechón de pelo castaño claro detrás de su oreja. -En una fiesta la semana pasada, alguien me preguntó de forma muy casual, como si todo el mundo tuviera esta conversación cursi, si conocía el coeficiente intelectual de Ted, que no lo hacía, pero pensé que ella tampoco lo sabía, así que le dije ciento treinta y ocho. Pero, oh no… Como resultado, cometí un enorme error. Una de las últimas veces que fue examinado, aparentemente, Ted obtuvo una puntuación de ciento cincuenta y uno. Y de acuerdo con el camarero, Ted tenía la gripe o lo hubiera hecho mejor.
Meg quería preguntarle a Lucy si ella realmente había pensado en esto del matrimonio, pero, a diferencia de Meg, Lucy no hacía nada impulsivamente.
