
– Impresionante, tengo que admitirlo.-A primera hora de esa tarde, Lucy había llevado a Meg a ver la iglesia de madera abandonada situada al final de un camino estrecho a las afueras del pueblo. Ted la había comprado para salvarla de la demolición, luego había vivido allí durante unos meses mientras su actual casa fue construida. Aunque ahora no estaba amueblada, era un viejo edificio encantador y Meg no tenía problemas en comprender por qué a Lucy le encantaba.
– Dijo que toda mujer casada necesita un lugar propio para mantenerse cuerda. ¿Puedes imaginarte algo más considerado?
Meg tenía una interpretación más cínica. ¿Qué mejor estrategia podía usar un hombre casado rico si tenía la intención de crear un espacio para sí mismo?
– Bastante increíble -fue todo lo que dijo. -No puedo esperar a conocerlo -. Maldijo el conjunto de crisis personales y financieras que le habían impedido saltar a un avión hace unos meses para conocer al prometido de Lucy. Tal como estaban las cosas, se había perdido la despedida de soltera de Lucy y se había visto forzada a conducir a la boda desde Los Ángeles en un coche que le había comprado al jardinero de sus padres.
Con un suspiro Lucy se sentó en el sofá junto a Meg. -Mientras Ted y yo vivamos en Wynette, siempre estaré por debajo de las expectativas.
Meg no pudo resistirse más tiempo a abrazar a su amiga. -Tú nunca has estado por debajo de las expectativas en tu vida. Tú sola te salvaste a ti misma y a tu hermana de una infancia en casas de acogidas. Te adaptaste a la Casa Blanca como una campeona. En cuanto a cerebro… tienes un titulo de maestra.
Lucy se levantó de un salto. -Que no conseguí hasta después de conseguir mi diplomatura.
Meg ignoró esa locura. -Tu trabajo defendiendo a niños ha cambiado vidas, y en mi opinión, eso cuanta más que un coeficiente intelectual astronómico.
