No podía dejar de temblar mientras corría a través del bosque, buscando un casi imperceptible camino que la dirigiese hacia el interior. Había pasado casi un año preparándose para ese momento. Corría cada día, hacía pesas y escalada. No era una mujer particularmente pequeña pero aprendió como convertir cada libra en músculo. Un instructor privado trabajó con ella la autodefensa, lanzamiento de cuchillos y lucha con palos. Había ido tan lejos como para investigar libros de supervivencia, comprometiéndose tanto como podía para memorizarlos.

El viento agitó el espeso dosel en todas direcciones, duchando a Rachael con hojas y ramitas y una multitud de flores. A pesar del viento, el denso dosel ayudaba a escudarla de la lluvia, rompiendo la sólida pared de agua de modo que cayese con un apagado ritmo. Ella iba tan rápido como podía, decidida a poner la mayor distancia entre el río y su destino. Estaba segura de que podría construir o encontrar una de las viejas viviendas nativas. Una choza con tres paredes de hojas y corteza y un techo inclinado. Había estudiado el diseño y parecía lo bastante simple para seguirlo.

A pesar de tiritar continuamente, Rachael se movió con confianza y esperanza. Por primera vez en meses la terrible fuerza que presionaba sobre sus hombros se disipó. Tenía una oportunidad. Una oportunidad real para vivir. Quizás tuviera que vivir sola, pero podía elegir como viviría.

Algo se rompió en la maleza a su izquierda pero apenas miró en esa dirección, confiando en su sistema de advertencia para alertarla de haber sido una amenaza real. El agua chapoteaba en sus botas, pero no se atrevía a tomarse el tiempo para cambiarse por ropas secas. Eso no haría ningún bien; tenía que cruzar varios terrenos inundados, algunos con fuertes corrientes.



10 из 360