Se vio forzada a usar las enredaderas para agarrarse en la subida de una escarpada cuesta para mantener su camino. Rachael Lospostos se había ido para siempre, trágicamente ahogada cuando intentaba llevar suministros médicos a un pueblo remoto. En su lugar, nació una nueva e independiente mujer. Sus manos dolían por las muchas veces que se había arrastrado para subir las escarpadas rocas para internarse profundamente en el bosque.

La noche empezaba a caer. El interior era oscuro, y sin el ocasional rayo de la luz del sol abriéndose paso a través de las copas, el mundo a su alrededor cambiaba radicalmente. El vello de la parte posterior del cuello se le erizó. Dejó de andar y tomó tiempo para mirar dentro de la red de ramas que corría sobre su cabeza. Era la primera vez que realmente miraba a sus alrededores.

El mundo era un exuberante alboroto de colores, cada sombra de verde competía con los vividos colores brillantes que brotaban en lo alto y bajo de los troncos de los árboles. Por encima de su cabeza y sobre el suelo del bosque, flores, fauna y hongos competían por el espacio en ese secreto y oculto mundo. Incluso bajo la lluvia podía ver evidencias de vida salvaje, sombras volando de rama en rama, lagartos deslizándose en el follaje. En una ocasión localizó a un evasivo orangután en lo alto de los árboles, metido en un nido de hojas. Se detuvo y se quedó mirando a la criatura, asombrada ante lo bien que se sentía.

Rachael encontró un camino muy difuso, apenas perceptible en la riqueza de espesa vegetación que cubría el suelo del bosque. Se dejó caer sobre una rodilla, mirando intensamente el camino. Los humanos habían usado el camino, no sólo los animales. Se alejaba del río, internándose profundamente en el interior. Exactamente lo que ella estaba buscando. Siguiendo el imperceptible camino que bajaba, pero permaneciendo en él, aligeró el paso mientras se movía hacia el corazón del bosque.



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