
Algo en ella estaba cobrando vida. Ella lo sentía moverse en su interior. Conciencia. Calor. Alegría. Una mezcla de cada emoción. Quizás fuese la primera vez que sentía que tenía una oportunidad para vivir. Rachael no conocía la razón. Estaba exuberante. Cada músculo dolía. Estaba cansada, dolorida y calada hasta los huesos, pero se sentía feliz. Debería haber estado asustada, o al menos nerviosa, pero quería cantar.
Cuando la oscuridad cubrió el bosque, debería haber estado a ciegas, pero sus ojos parecieron ajustarse rápidamente a un tipo de visión diferente. Podía distinguir cosas, no sólo la altitud de los troncos de los árboles con multitud de fauna subida en ellos, sino pequeños detalles. Ranas, lagartos, incluso pequeños capullos. Sus músculos zumbaban y vibraban a tono con la naturaleza que la rodeaba. Un tronco caído no era obstáculo sino una oportunidad para saltar, sintiendo el acero en sus músculos, un conocimiento de cómo trabajaban sin incidentes bajo su piel. Ella se sentía casi como si pudiera oír la misma savia corriendo en los árboles.
El bosque estaba vivo con insectos, grandes arañas y libélulas. Escarabajos moviéndose trabajosamente a lo largo de la tierra y sobre los árboles y hojas. Un mundo dentro de otro mundo, y todo él sorprendente, incluso familiar. Se oía el batir de alas cuando los pájaros nocturnos volaban de árbol en árbol y los búhos iban de caza. Un coro de ranas empezó a croar, gritando ruidosamente cuando los machos buscaron a las hembras. Llegó a ver una serpiente voladora, zigzagueando de una rama a la otra.
Sonriendo, Rachael continuó, sabiendo que estaba en el sendero correcto. Sabiendo que estaba finalmente en casa. A lo lejos, oyó el sonido de disparos, ahogados y tenues, atenuados por el ruido de la lluvia y lo distante que estaba ella del río. El sonido parecía intrusivo en su paraíso. Trayendo una extraña y siniestra advertencia con ello. Con cada paso su alegría disminuía y el miedo empezaba a crecer. Ya no estaba sola. Estaba siendo observada. Acechada. Cazada.
