
Rachael miró cuidadosamente a su alrededor, prestando particular atención a la red de ramas por encima de su cabeza, buscando sombras. Los leopardos eran raros, incluso allí en el bosque pluvial. Seguramente, uno no podía haberla encontrado y caminado suavemente en silencio tras ella. La idea era aterradora. Los leopardos eran cazadores mortales, rápidos y despiadados, capaces de derribar una enorme presa. La piel le picaba de la inquietud y puso más cuidado cuando se movió a lo largo del camino hacia cualquier lugar que el destino hubiese decretado para ella.
La lluvia cayó constantemente, no una lenta llovizna, sino láminas de palpitante lluvia tan densa que la visibilidad era prácticamente nula. Los truenos sacudían los árboles, resonando a través del alto dosel de la copas de los árboles del bosque, todos los caminos conducían a profundos cañones y desfiladeros cortados en la tierra por desbordamientos de agua. El relámpago iluminaba el suelo del bosque, revelando enormes helechos, denso follaje y una gruesa alfombra de agujas, hojas y una incontable turba hecha de cientos de especies de plantas.
La inesperada luz cayó a través del cazador, mostrando los duros ángulos y planos de su cara en un rudo relieve. El agua relucía en el espeso y ondulado cabello negro que caía sobre su frente. A pesar del elevado peso de la enorme mochila a su espalda, se movía fácilmente y en silencio. No parecía estar preocupado por las fuertes precipitaciones que empapaban sus ropas mientras seguía el estrecho camino. Sus ojos se movían sin descanso, siempre buscando movimientos en la oscuridad del bosque. De un frío ártico, sus ojos no mostraban piedad, no tenían vida, eran los ojos de un predador buscando su presa. No mostraba signo de que la espectacular demostración de la naturaleza le preocupara. En vez de eso, parecía mezclarse en ello con fluida gracia animal, muy en sintonía con el primitivo bosque
