Rachael estaba cómoda en un mundo de decepción y traición. No conocía otro modo de vida. Sabía que era mejor no depender de nadie. Su existencia tendría que ser solitaria si se concentraba en sobrevivir. Mantenía la cara apartada de los otros, adorando la sensación del viento. La humedad debería haber sido opresiva, pero ella la sentía como un sudario, una sábana de protección. El bosque la llamaba con la fragancia de las orquídeas, con el trino de los pájaros y el zumbido de los insectos. Donde los otros se encogían a cada sonido y miraban a su alrededor temerosos, ella abrazaba el calor y la humedad. Sabía que había llegado a casa.

El barco rodeó un recodo y se dirigió hacia el desvencijado muelle. Se alzó un colectivo suspiro de alivio. Todos ellos podían oír los ruidos de caídas en la distancia y la corriente que estaba creciendo en intensidad.

Los hombres trabajaban para maniobrar el barco hacia el pequeño puerto. Un solitario hombre permanecía a la espera. El viento desgarrando sus ropas. Él miró nerviosamente el bosque circundante pero caminó hacia la fangosa plataforma que servía como pasarela, estirando su mano para coger la cuerda que le lanzó Kim Pang.

Rachael podía ver las gotas de sudor sobre su frente y resbalando por su cuello. Su camiseta estaba manchada con sudor. Había humedad, pero no era esa humedad la que la manchaba. Miró cuidadosamente a su alrededor, sus manos buscaron automáticamente su mochila. Necesitaba el contenido para sobrevivir. Notó que el hombre que tenía que atar la cuerda a su lancha para remolcarlos estaba temblando, sus manos temblaban tanto que tenía dificultades con el nudo. Él se dejó caer repentinamente, sus manos cubriendo su cabeza.

El mundo estalló en una pesadilla de balas y caos. Los frenéticos gritos de Amy obligaron a los chillantes pájaros a dejar las copas de los árboles, ascendiendo hacia las bulliciosas nubes. El humo se mezclaba con la capa de niebla.



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