
Murmurando una silenciosa plegaria por los otros y por su propia seguridad, Rachael se desplazó hacia el costado del barco, deslizándose en el interior de las rápidas aguas y fue inmediatamente arrastrada río abajo.
Como si fuese una señal, los cielos se abrieron y vertieron un muro de agua, alimentando la fuerza del río. Debris se revolvió y se apresuró hacia ella. Seguía moviendo los pies en un esfuerzo por evitar algunas rocas o troncos sumergidos. Le costaba mantener la cabeza por encima de las agitadas olas, pero se esforzaba en que el agua no entrase en su boca o nariz mientras permitía que la corriente la arrastrase alejándola de los bandidos que corrían hacia la lancha. Nadie la vio entre el remolino de restos de ramas de árboles, y follaje que era llevado rápidamente río abajo. Se hundió una y otra vez y tuvo que luchar para volver a la superficie. Tosiendo y atragantándose, sintiéndose como si se hubiese tragado la mitad del río, Rachael empezó a intentar agarrarse a uno o dos de los árboles más grandes que había derribado la fuerza del agua. La primera vez falló y su corazón casi dejó de latir cuando sintió que el agua tiraba de ella otra vez hacia abajo. No estaba segura de que tuviese la fuerza suficiente para luchar con la monstruosa succión del río.
Su manga se enganchó en algo bajo la superficie, obligándola a detenerse mientras el agua se arremolinaba a su alrededor. Se agarró frenéticamente de una rama.
