Es natural, por lo tanto, que Beljaev se interesase por la obra de Julio Verne. En efecto, fue él el primer traductor en ruso del relato, poco conocido, de Verne que se titula La jornada de un americano en el año 2889.

Bajo ciertos aspectos, algunos relatos de Beljaev recuerdan también la divulgación de la física hecha por el americano Georges Gamow. Igual que Gamow, Beljaev imagina una variación local de las leyes naturales: la velocidad de la luz disminuye, cambia el peso, un trozo de materia de una estrella blanca enana llega a la tierra. En conjunto, la obra de Beljaev merece, ampliamente, el esfuerzo de una traducción.

Aunque la obra de Beljaev sea válida en su conjunto, es difícil señalar una obra maestra entre sus novelas o relatos. Por el contrario, la novela de Jurij Dolguzin El generador milagroso merece ese título. Publicada en el suplemento de un periódico en 1949, fue reeditada en 1959, tras cuidadosos retoques realizados por el autor. El libro viene precedido de un prólogo, en el que el autor reivindica para el escritor de ciencia-ficción el derecho a crear pasados imaginarios y universos paralelos. La obra ha sido bien acogida por la crítica soviética. Y su lanzamiento no se ha hecho en una colección para muchachos, sino a través de la Casa Editorial Pedagógica, de seriedad reconocida.

El caso es sorprendente, porque la novela se apoya en argumentos netamente «idealistas». Trata, en efecto, de lo que los americanos llaman «parasicología» o, directamente, «psionica». El tema es el de la telepatía, o sea, el de la transmisión del pensamiento, el poder del pensamiento a distancia y hasta de la resurrección de los muertos.



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