
A Georgie se le encogió el estómago.
– Son tal para cual.
– Él está cuidando la casa…
Georgie levantó una mano.
– Para. No soporto hablar de Bramwell Shepard. Y menos hoy.
Bram podría haberla visto morir aplastada aquella tarde y ni siquiera se le habría borrado la sonrisa de la cara. ¡Dios, cuánto lo odiaba! Incluso después de tantos años.
Afortunadamente, Trev cambió de tema sin formular ninguna pregunta acerca de Bram.
– Ya viste el sondeo de opinión de USA Today de la semana pasada, ¿no? Aquel sobre las protagonistas de comedia favoritas. Scooter Brown es la tercera después de Lucy y Mary Tyler Moore. Incluso has desbancado a Barbara Eden.
Georgie había leído el resultado de la encuesta, pero la dejó indiferente.
– Odio a Scooter Brown.
– Pues eres la única. Scooter es un icono. No quererla es antiamericano.
– Hace ocho años que la serie dejó de emitirse. ¿Por qué no se olvidan de ella?
– Quizá las continuas reposiciones que se emiten por todo el mundo tengan algo que ver.
Georgie se subió las gafas de sol.
– Cuando la serie empezó yo era una niña, sólo tenía quince años. Y apenas tenía veintitrés cuando se dejó de rodar.
Trev se dio cuenta de que Georgie tenía los ojos rojos, pero no comentó nada.
– Scooter Brown no tiene edad. Es la mejor amiga de cualquier mujer y la virgen favorita de cualquier hombre.
– Pero yo no soy Scooter Brown, sino Georgie York. Mi vida me pertenece a mí, no al mundo.
– ¡Pues te deseo buena suerte!
No podía seguir haciendo aquello, pensó Georgie: reaccionar una y otra vez a las fuerzas externas, incapaz de actuar por sí misma; siguiendo siempre las sugerencias de los demás, nunca las suyas propias. Apretó más las rodillas contra el pecho y examinó los arco iris que había pedido a la pedicura que le pintara en las uñas de los pies en un vano intento por animarse.
