– ¿Y qué hay de su brazo y de su ojo? -gritó uno de los periodistas.

– Aunque Christopher posee el poder necesario para recuperar ambos -repuso Decker-, ha hecho promesa de no hacerlo hasta no haber completado su misión.

– ¿Cuál es esa misión? ¿Por qué ha venido el embajador Goodman al Templo? -chilló alguien. Casi todos los periodistas callaron al instante; todos querían escuchar la respuesta.

Decker se quedó pensando un momento.

– Lo cierto es que hay varias razones -dijo-. La primera, y más importante de todas, era poner fin al reinado de terror de esos dos hombres, Juan y Saul Cohen. Eso, como habrán comprobado, ya lo ha hecho. Además, ha venido al Templo porque supongo que es el lugar más apropiado para hacer el anuncio que tiene pensado.

– ¿Qué anuncio es ése? -gritó un periodista, al tiempo que otro exclamaba-: ¿Puede adelantarnos lo que va a decir el embajador Goodman?

– Va a dirigirse a la población mundial para hablar sobre el destino de la humanidad.


* * *

Christopher y Milner subieron otros tres pequeños tramos de escalones, franquearon la puerta Hermosa y entraron en el patio de las Mujeres. Pocas horas antes, el atrio había sido el centro de actividad del Templo. Ahora sólo se oía el eco de los pasos en el suelo de piedra, mientras Christopher y Milner caminaban en silencio hacia la ancha escalinata semicircular del extremo oeste del atrio. En lo alto de la escalera, la majestuosa puerta de Nicanor, de dieciocho metros de ancho y casi veintitrés de alto, se elevaba por encima de los muros dibujando un arco, y daba paso al patio de Israel.

Sólo los judíos varones tenían autorizado el acceso a esta zona del patio interior. A diferencia del patio de las Mujeres, un atrio de planta cuadrada a cielo abierto, el patio de Israel era estrecho y cubierto, rodeaba el núcleo del Templo, y contenía numerosas columnas. Contra los muros del patio de Israel se alineaban varias estancias, que se empleaban como almacenes o para celebrar reuniones, y que reducían aún más el espacio abierto.



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