Por increíble que resultara la historia, no había otra explicación posible a lo ocurrido en la ONU o a lo que acababan de presenciar en la escalinata del Templo.

– Aquel niño recibió el nombre de Christopher -dijo Decker, para mayor confirmación-, y fue criado por el profesor Harry Goodman y su esposa, Martha, hasta que ambos murieron prematuramente en el Desastre. Por aquella época -prosiguió-, Christopher Goodman tenía catorce años y, como el profesor Goodman le había dicho que recurriera a mí en caso de emergencia, Christopher se vino a vivir conmigo. Ya conocen el resto de la historia, por lo menos lo más importante.

La inflexión en su voz indicaba que Decker había concluido el comunicado, y mientras volvía a plegar el papel para guardárselo de nuevo en el bolsillo, le sorprendió que nadie tuviese ninguna pregunta que hacer. Pero se equivocaba, porque los reporteros las tenían a cientos, sólo se estaban tomando su tiempo para procesar lo que acababan de escuchar.

El desconcierto que reflejaban sus rostros explicaba su pasividad, pero Decker no se dio cuenta y empezó a despedirse. El ademán bastó para remover las aguas y romper el muro de contención. A la primera pregunta, lanzada por alguien desde la parte de atrás, le sucedió al instante una cascada de interrogantes. Como no se había establecido un turno de preguntas, Decker se limitó a contestar primero a los que gritaban más alto.

Sí, Christopher había estado clínicamente muerto.

Sí, por supuesto que lo que quería decir era que Christopher era el clon de Jesucristo.

Sí, estaba diciendo que Christopher era el hijo de Dios, igual que Jesús. (Esta afirmación no cayó bien entre los periodistas judíos presentes, pero no era el momento de abrir una discusión sobre el asunto.) Nadie tenía razones para cuestionar o preguntar más detalladamente sobre aquella relación -que Christopher le había revelado en el avión-, y Decker no tenía intención alguna de dar pistas. Era Christopher el que debía explicarlo, y lo iba a hacer muy pronto.



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