El Templo solía ser un hormiguero de actividad, pero ahora, a pesar de la gente que llenaba las calles, el recinto estaba vacío. Los patios interior y exterior, que a menudo resonaban con el bullicio de sacerdotes y fieles, estaban desiertos, y la escalinata que ascendía a la fachada del Templo presentaba un aspecto igual de desolador, salvo por dos excepciones. Mientras el helicóptero dibujaba un círculo, Christopher, Milner y Decker divisaron a los dos hombres plantados en los escalones, ambos ataviados con arpillera y cubiertos de ceniza gris.

Más allá, un grupo de entre doscientos y trescientos sacerdotes y levitas se apiñaba junto al sumo sacerdote Chaim Levin, que se mantenía a una distancia prudencial, ofreciendo una ridícula imagen desafiante a los hombres de la escalinata. Algo más atrás, la muchedumbre se agolpaba contra una fila de soldados israelíes armados. Los periodistas extranjeros, que no habían podido abandonar el país y se habían enterado de que Christopher se dirigía a Jerusalén, ya estaban allí para cubrir cada instante del acontecimiento. La inesperada llegada de Juan y Cohen, una hora antes, y la posterior expulsión del Templo, mientras Christopher viajaba hacia allí desde Nueva York, había hecho crecer la expectación. Fue en medio de este escenario, concretamente entre la línea de personal militar y los escalones del Templo, donde Christopher ordenó al piloto que posara el helicóptero.

Todas las cámaras enfocaron a Christopher, que fue el primero en bajar del aparato. Con el pelo y la larga túnica revoloteando violentamente a su alrededor en los remolinos que levantaban las aspas giratorias, ofrecía una imagen impresionante para los telespectadores y las primeras planas de las revistas, con su aire firme y resuelto ante el desafío que le aguardaba. Decker, que observaba la escena desde el helicóptero, comprobó que Juan y Cohen no estaban allí por casualidad.

Una vez hubieron bajado todos, Milner se volvió hacia el piloto y le indicó que se retirara.



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