
– Todo va bien -le dijo, y Decker, sin saber cómo, supo que, efectivamente, así era.
Juan fue el primero en hablar.
– Hiney ben-satan nirah chatat haolam! -exclamó en hebreo, queriendo decir: «He aquí el hijo de Satán que manifiesta el pecado en el mundo».
– Así que volvemos a encontrarnos, por fin -contestó Christopher con ironía, ignorando las palabras de Juan.
– Te equivocas -repuso Juan-. Yo nunca te conocí.
– No, Yochanan bar Zebadee -dijo Christopher, llamando a Juan por su nombre hebreo-. ¡Soy yo quien nunca te conoció!
Pasaron unos momentos en silencio, los dos mirándose fijamente a los ojos. Luego Christopher bajó la mirada hacia el suelo.
– No es demasiado tarde -dijo por fin, dirigiéndose a Juan y Cohen. En su voz se adivinaba un ruego, y a la vez algo en el tono indicaba que sabía que el intento era en vano.
De pronto, Juan sonrió y se echó a reír. Cohen no tardó en sumarse a la carcajada. Christopher se volvió hacia Decker con una expresión que parecía decir: «Esto va por los dos». A continuación, respiró hondo y sin señal alguna de enojo pero con absoluta convicción, miró de nuevo hacia los dos hombres y gritó por encima de sus risas:
– ¡Como queráis!
Christopher alzó la mano derecha y realizó un rápido movimiento de barrido. La risa cesó al instante y Juan y Cohen salieron disparados hacia atrás a una velocidad increíble, y sus cuerpos fueron a estrellarse contra la fachada del Templo, a ambos lados de la entrada.
