
Los presentes contemplaron atónitos y en silencio cómo Christopher, Milner y Decker subían los escalones hasta el Templo, mientras los cuerpos destrozados rodaban hacia abajo a ambos lados de ellos. Al ver que Juan y Cohen habían muerto, la muchedumbre estalló en un clamor, que surgió de civiles y militares por igual. En la calle brotó una celebración espontánea, que no tardó en ser secundada con alegría por todos los rincones del mundo según llegaba la noticia a través de la televisión o de la radio. Rápidamente, los representantes de los medios atravesaron a empellones la línea de soldados israelíes, para poder contemplar más de cerca los cuerpos.
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En Chieti, Italia, un hombre con la nariz saturada del rancio hedor a azufre, y el corazón arrobado por la locura que, hasta ese momento, le había empujado a masacrar a toda su familia salvo a uno de sus miembros, sostenía por encima de la cabeza un cuchillo de carnicero y estaba a punto de dejarlo caer sobre su único hijo superviviente, cuando la locura, igual que había venido, desapareció. Con mucho cuidado, el hombre bajó el cuchillo, lo tiró a un lado, e hincado de rodillas entre los cuerpos desmembrados de su familia, abrazó a su hijo aterrorizado y rompió a llorar. En Rudnyj, Turskaja, una anciana tosió y jadeó buscando recuperar el resuello, después de sacar la cabeza de un barril de agua de lluvia en el que había intentado ahogarse. En Baydhabo, Somalia, un adolescente se detuvo un instante antes de encender la cerilla con la que pensaba prender fuego a sus cuatro hermanos más pequeños, rociados de gasolina.
