
En toda la zona afectada, la muerte de Juan y Cohen marcó el cese de la locura.
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Cuando llegaron al final de la escalinata del Templo, Christopher se volvió hacia la muchedumbre.
– Nadie debe tocar los cuerpos -gritó señalando a Juan y Cohen-. Todavía poseen un enorme poder. No es seguro tocarlos ni deshacerse de ellos hasta dentro de cuatro días, por lo menos.
Con un gesto, Christopher le indicó a Decker que velara por que así fuera. Luego se dio media vuelta y, acompañado por Robert Milner, se adentró en el Templo.
Como ya habían planeado antes de aterrizar, Decker se quedó fuera. Sacó un papel doblado del bolsillo de su chaqueta, y se dispuso a esperar a la prensa, que, sin lugar a dudas, se lanzaría sobre él tan pronto acabaran de tomar fotografías de los dos oráculos muertos. Le complació comprobar que los periodistas hacían caso a la advertencia de Christopher y no se aproximaban demasiado a los cuerpos. De los sacerdotes y los levitas no hacía falta preocuparse, sus leyes les prohibían entrar en contacto con cadáveres. El único que podía dar algún problema era el público, que de momento seguía contenido detrás de la línea policial.
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En el interior del Templo, Robert Milner y Christopher caminaban codo a codo. En el patio de los Gentiles, siempre tan bullicioso, el único sonido que se oía procedía del pórtico que recorría los muros. Eran los animales traídos al Templo para ser vendidos a los fieles y luego sacrificados, que habían sido abandonados por los pastores y mercaderes en el momento en que todos habían sido conducidos fuera del Templo.
A unos ciento cuarenta metros delante de ellos, los edificios del patio interior y del Santuario de dentro se elevaban más de setenta metros sobre ellos.
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