Delante de la entrada meridional, enmarcado a derecha e izquierda por la sangre de Juan y Cohen, Decker esperaba a los periodistas, que empezaron a subir apresuradamente los escalones por si él podía arrojar algo de luz sobre los acontecimientos.


* * *

Christopher y Milner llegaron al soreg, el muro bajo de piedra que separaba el patio de los Gentiles de los patios interiores del Templo y que formaba una balaustrada o recinto sagrado, al que no podía acceder ningún no creyente. Una inscripción en el muro, que se remontaba a la que había en el Templo de Herodes dos mil años atrás, advertía al visitante en más de una docena de lenguas: «Ningún extranjero franqueará la entrada al recinto que rodea el Templo. Aquel que lo hiciera será responsable de propiciar su propia muerte». Les vino bien que el Templo hubiese sido despejado de gente, porque los sacerdotes y los levitas no habrían permitido jamás que Christopher y Milner continuasen más allá de la balaustrada sin oponer resistencia.

Dando un rodeo intencionado para entrar desde el lado este, los dos hombres se dirigieron a la apertura central del extremo oriental del soreg. En un abrir y cerrar de ojos salvaron la distancia entre el soreg y el primero de los tres pequeños tramos de escaleras que ascendían al Chel, o muralla, una especie de terraza de casi cinco metros de ancho, desde donde los ciclópeos muros del patio interior se elevaban once metros sobre ellos.


* * *

– Damas y caballeros -dijo Decker, elevando su voz sobre el ruidoso griterío de los periodistas-. He preparado un breve comunicado. Después atenderé a algunas preguntas.

Alguien le lanzó una pregunta, pero Decker le ignoró.

– Hace cuarenta y cinco años, formé parte de un equipo de científicos estadounidenses que viajó a Italia para examinar la Sábana Santa, un fragmento de tela con la imagen de un hombre crucificado -empezó Decker leyendo el comunicado que había preparado en el avión.



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